"Apoyo mi mano sobre la ventana y me doy cuenta de que hace frío. Una burbuja de neblina intensa se despliega detrás del cristal y lo único que me separa de esa densa capa de invierno que me confina a los espacios más truculentos de una mente tan enferma como mi cuerpo, es otra capa aún más densa de las volutas de un cigarrillo encendido.Quedarme en casa todo el día por culpa de la gripe no me pasaba desde los nueve años, cuando mi brillante madre me llevó a casa de una amiga del colegio que me caía mal tan solo para que atrapara un poco de varicela. Mañana será el día 1 en mi programa de ejercicio. Espero tener la autoestima lo suficientemente baja, que mi nivel de inseguridad llegue al tope como un termostato a punto de desgajarse.Me pregunto por qué siempre espero a estar en ese límite, por qué siempre coqueteo con las fronteras más cuestionables en la pirámide social de lo aceptable. No se me ocurre otra explicación que el aburrimiento, que un profundo miedo, como el de atravesar a los once años un cementerio en la hora muerta mientras sientes que la sangre baja hasta tus talones y te lamentas no recordar la Biblia o el Corán y reconsideras el hecho de que eres atea. A fin de cuentas, sí, es un cementerio. Plagado de gente como la universidad. A veces mi umbral perceptivo es paranoico. "
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